martes, 21 de febrero de 2012

Compartimos esta historia con testigos que atestiguan ser verdadera. Lo que no podemos asegurar es la identidad del forastero. 

Pedro Castro Paz Osorno Santamaría 


Corrían lentos y calurosos los años de la década del 50. Seguramente Pedro vino en busca de la otra Villarrica. La Villarrica hidalga como decía de ella el presbítero Juan C. Prieto. Pero lo cierto es que terminada la revolución del 47 la situación era muy otra. Por ejemplo, se había incendiado la usina y no había luz eléctrica . Había noches sin luna ni estrellas y entonces las calles eran oscuras y desapacibles. Se usaban velas, candiles y una lámpara que daba una luz muy clara llamada “petromax”. 

En ese tiempo las amas de casa tenían que hervir el puchero antes de las nueve de la mañana. No era suficiente colgar la carne traída del mercado del gancho de la viga del techo. Había que cocinarla prontamente a causa del calor y la falta de refrigeración antes que vengan las moscas. Aunque los más ricos tenían heladera que funcionaba a kerosén. 

Empeoraba este cuadro doméstico la avidez de los estancieros que vendían la carne. Las reses faenadas deben perder agua y sangre durante toda la noche para su venta a la mañana siguiente. Pero ávidos de ganar más plata en vez de desagotarla, echaban agua encima de las piezas colocadas en bateas para conseguir más peso. 

Tampoco había servicio de agua corriente. Todas las casas tenían pozos superficiales que captaban los surcos subterráneos del líquido. Para colmo de males, los niños andaban con diarrea a repetición. Un médico rural, Miguel Vacchetta, tuvo la intuición de que entre las letrinas y los pozos de agua había filtraciones a causa de un termite muy activo y agresivo que volvía porosa la tierra. Era el ysaú. El médico suponía que su eliminación acabaría con la enfermedad gastrointestinal que había tomado un estado crónico en las criaturas. Durante su lucha contra la plaga, descubrió que bajo la superficie había otra ciudad subterránea conformada por dos mil minas de ysaú. 


La revolución del 47 había causado estragos de todo orden en la ciudad. Dicen que antes de la debacle los cursos del Bachillerato eran un lujo de buenos profesores pero cuando el ganador tomó el poder subió mucha gente no idónea. Al punto que cuenta el escritor Enrique Codas que en una clase de Ciencias Exactas los estudiantes habían arribado a dos soluciones del teorema y que la profesora incapaz de guiar a los jóvenes hacia un razonamiento unívoco, hizo votar a los chicos sobre cuál resultado se inclinaban, ¡la conclusión correcta dependía del antojo de los colegiales! 

Pero sin lugar a dudas, la Villarrica que había atraído a Pedro, era la otra, la famosa, la elegante. Hacia fines del siglo XIX había llegado al lugar mucho europeo trabajador. Los recién llegados se hicieron ricos y erigieron casas de estilo italianizante. Tan orgullosos y racistas eran que en el club “El Porvenir Guaireño” no podían entrar sino los descendientes de italianos, franceses o ingleses. Si bien eran en su mayoría de origen campesino, llegó también a Villarrica el príncipe (¿o conde?) Deglhi Uberti quien se enamoró de una aristocrática lugareña y se casó con ella. Escandalizado el padre, lo excluyó de la herencia familiar en Italia. 

Los inmigrantes salieron gananciosos casándose con las nativas porque mientras sus hermanos continuaron siendo campesinos al otro lado del mar, éstos llegaron a ser dueños y señores de cuanto negocio emprendían.¿Las razones? Esta anécdota puede ser esclarecedora. En la partida de nacimiento de mi abuelo piamontés al lado del nombre del nuevo cristiano, de su madre, de su padre y de los padrinos, se aclara a continuación que el nombrado es “campesino”. Se entiende entonces que las mujeres campesinas piamontesas no insistían que sus hijos siguieran estudios porque eran “campesinos”. Mientras que mi abuela oriunda de Itapé consiguió mudar la familia a Villarrica para que sus 14 hijos pudieran estudiar. ¡América libertaria y democrática! La abuelita Rufina no era víctima de ningún símbolo regio. No le ataba ningún significante discriminatorio. Para ella, la oportunidad de estudiar era para todos. No había jerarquía alguna arriba de su cabeza. En América nacíamos libres. De modo que para mi abuela era natural que sus hijos llegaran a doctores o sacerdotes mientras que los primos de aquellos niños de entonces continuaron siendo campesinos en Europa, según el lugar simbólico que les otorgó la palabra “campesino”. Llevado por la imagen de Villarrica del “Novecento” es que me figuro por qué Pedro llegó hasta aquí. 

El historiador Raúl Amaral escribe sobre cómo en Villarrica se debatía sobre Gramática, Educación, Literatura o Poesía. Amaral o Artemio Franco Preda hacen una gruesa lista de los grandes de esa época. A ellos me remito y sigo con el fin de mi relato que es llegar a la vida de Pedro en Villarrica. Luego de la debacle de la revolución y promediando los 60, Villarrica estaba cambiando de fisonomía. En ese marco de mejorías urbanas, tío Luis conoció a Pedro.Era un argentino con algo de acento cordobés que hablaba de todas las cosas del mundo emanando su gracia y atractivo. Dijo que se llamaba Pedro Castro Paz Osorno Santamaría. Era evidente que había algo de humor en ese nombre abultado y rebuscado. En esa época solían llegar a Villarrica argentinos de buen hablar que hacían pinta de ser gente de buena cuna a quienes era mejor no preguntar nada porque podía ser que fueran escapados de la justicia. Es más, en Villarrica hubo alguna que otra señorita solterona que creyó resolver su vida y que se “clavó” casándose con uno de aquellos aventureros. Como no tenían título conocido sólo se sabía de su origen lo que ellos mismos contaban. El semanario “El Surco” solucionaba el problema del título del contrayente con elegancia, anunciando la boda de la señorita fulanita de tal con “el caballero argentino” menganito de tal. 

En fin, en la zona había cierta aprensión hacia estos sujetos que aparecían de la nada y cuya identidad estaba sostenida por ningún papel y mucha verba. Pero tío Luis era muy expansivo y curioso al punto que nunca sus prejuicios le impidieron hablar con cuanto ser raro despertase su curiosidad. Es así que tío Luis y Pedro enseguida entraron en confianza. Pedro no hablaba mucho de su vida ni de su pasado. En cambio el hermano de mi madre le contó que era el último hijo de la itapeña doña Rufina y que fue elegido por su madre para seguir la carrera del sacerdocio. Que hizo cursos de latín antes de escaparse por la ventana del internado del Seminario, con sotana y todo. Antes estudió en la escuela alemana de Villarrica. De allí sus latinajos o frases en alemán para diversión de su audiencia. 

Casi por finalizar la segunda guerra mundial, el Paraguay le declaró la guerra a Alemania y por estupidez de nuestro gobierno, se ordenó el cierre de la rigurosa y laboriosa escuela alemana. Los dos hombres estaban de acuerdo de que no hubo necesidad de perjudicar así tanto estudiante de lengua alemana, por una contienda en otro mundo. Mi familiar le contó cómo se casó y se convirtió en granjero y agricultor. Ambos eran muy dados a las anécdotas graciosas y por eso tío se lamenta de no haberle contado el episodio con los periodistas ingleses, porque Pedro, que acostumbraba a hacerse humo en cualquier momento había desaparecido por segunda vez para ese entonces. 

Cuando vinieron dos periodistas de la BBC de Londres en busca del rastro del criminal nazi Menguele, vecinos del lugar mandaron a los investigadores a la quinta de Don Luis. Como él sabía algo de alemán, habrán creído que Menguele pudo haber rumbeado por allí. Y tío decidió divertirse a costa de los gringos. Muy seriamente les dio las características de un sujeto que se aproximaba al alemán buscado. Les aseguró que pasó un tiempo con él en su granja. Hablaron de lo que comía, de las tareas del campo que hacían juntos. De lo que leía e investigaba. La conversación con los destacados de la BBC era ya larga y los gringos estaban entusiasmados porque todo hacía suponer que encontraron la pista de Menguele. Entonces tío intentó la jugarreta final. Les dijo que lo que más le interesaba al sujeto era leer y hacer apuntes sobre genética y sobre injertos. (Los ingleses estaban que no cabían en la silla de la exitación). Que el alemán le había dicho que en agradecimiento por su hospitalidad le iba a hacer entrega del estudio sobre un injerto que él creía iba a solucionar el hambre en el mundo. ¿Y cuál era el injerto? Los periodistas ingleses estaban en ascuas. Injertarle a la gallina el culo de un avestruz, así tendríamos huevos grandes como para alimentar a todos los niños del lugar. Como los ingleses toman el té a las cinco con el dedo meñique levantado, no le molieron a patadas a mi pariente que se moría de la risa. 

¡Lo que se hubiera reído Pedro! comenta siempre el tío. Es que solía venir en carreta con Pedro desde Jhy-á-ty (pueblo hoy bautizado Pérez Cardozo) con la carga de la caña hacia la fábrica de Frísman (se escribe Friedmann pero en Villarrica le dicen los Frísman) y se tomaban la vida en broma mientras la gente miraba extrañada al desconocido. No obstante, supongo que tanto la primera como la última desaparición de Pedro se relacionaban ya a las inquietudes que su verdadera identidad despertaban. Su cultura, su rapidez mental, su innegable distinción acarreaban sospechas sobre sus reales propósitos y su nombre pomposo que parecía una pantalla para esconder… ¿qué? 

Fue por el incansable humor de mi pariente que yo me ocupé de informarme sobre la veracidad de la estancia de Pedro en Villarrica. No fuera a ser que se tratase de otra gracia de nuestro ingenioso “pícaro”. Pero siempre que pregunté a los testigos, confirmé lo que escuchaba sobre el argentino. Fue así como averigüé con doña Monona y don Alejandro Cabral, con doña China Báez, con don Crisólogo Aguilar y don Lito Céspedes. Todos ellos en su momento me dieron datos que confluían en lo que ahora sabrán. La confraternidad de ambos varones había comenzado después de unos encuentros en el club El Cedro. Una tarde Luis Boggino le encuentra a Pedro Castro Paz Osorno Santamaría en su quinta de Carovení Tuyá tomando tereré y éste le dice “Luisito, vengo a quedarme unos días en tu casa”. Tío quedó sorprendido, pero era tanta la simpatía, que aceptó al huésped de muy buen grado. 

Pedro tenía una sola camisa y pantalón y siempre andaba muy aseado porque lavaba su propia ropa. En la casa había un botiquín con sus escasos remedios. Con él Pedro respondía algunas urgencias de las familias que tenían sus casitas por ahí. En la quinta había unos cuantos clásicos de Tolstoi, de Alejandro Dumas, Las aventuras del Barón de Münschausen y el Robinson Crusoe, de Dafoe, infaltable este último en los relatos del tío Luis. Por supuesto, Pedro los devoraba. Un buen día Pedro se esfumó llevándose dos rifles que el anfitrión guardaba para la caza. Entre la prudencia y el miedo, tío rompió en pedacitos la literatura izquierdista dejada por el huésped porque la policía de Stroessner era salvajemente antimarxista. -“Avisé a la comisaría de Villarrica y le hicieron apresar en Caacupé y lo trajeron de vuelta” comenta Luisito quien se encontró con Pedro otra vez y éste le aclaró que no llevó las armas sino para “hacerlas arreglar”. 

Así siguió la singular inclinación de estos dos buenos hombres hasta que un buen día Pedro se fue para no volver tan sin explicaciones como había venido alguna vez. Pasaron los años y cerca de medianoche tío Luis se encontró con la voz de Pedro en la radio de su quinta en Carovení. Hablaba con un tal Ciro Algarañaz y le pedía mulos. Tío se lo contó a Fito Frísman (reitero que se escribe Friedmann pero en Villarrica son los Frísman) quien era “radioaficionado” pero nunca coincidieron en los horarios para hablar con él. De todos modos, Ña China Báez aseguraba que a ella le era perfectamente reconocible su voz a causa del “pecho-chiá”, es decir, la voz que suele ser peculiar de algunos asmáticos y característica de este legendario personaje que hoy inflama la mente de jóvenes de todo el mundo. 

Uno días después de aquella comunicación por radio pidiendo lo mulos, con mucho estupor supimos del fusilamiento del Ché, nuestro Pedro, en un remoto lugar de Bolivia llamado “La higuera”. Yo sólo cuento lo que sé y lo que creo. Si hay algún incrédulo en el tema, que lo averigüe… 

Algún día, en Villarrica del Espíritu Santo.

                                          Mara Vacchetta Boggino

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